El ENIGMA DE LA LETRA T

Era 1983. El sello barcelonés Klamm Records publicaba un disco extraño. La portada reproducía una instantanea en blanco y negro del cementerio de Normandía. Sobre el campo de cruces se leía el título, “Dark Fields”. En la contraportada, blanca, solo una letra. La T. Trescientas copias se sirvieron de aquel misterioso artefacto. Dentro de la carpeta no había nombres ni apellidos. Apenas se hizo promoción. Tampoco hubo funeral para aquel entierro prematuro. Porque “Dark Fields” vivió lo que un aullido en ese submundo efímero para el que no sobrevivió. Porque la historia de la T se publicó cuando nada quedaba de ella. Entra flashback…

El arte es territorio extraño, pero más lo son aquellos que deciden vivir entre sus lindes. Los setenta eran campo abonado. Barcelona también. Un aprendiz de artista comienza la búsqueda del no-sé-qué y en su paranoia se fija en la letra T, aislada y sin aparente sentido, en la portada de un disco de Brian Eno. “Music For Airports” revelaba entonces nuevas lecturas: nada parecía ocurrir entre aquel vapor de música, pero en muchas cabezas febriles se daban zancadas de siete leguas. Fue el primer disco que incluyó la etiqueta ambient en la portada. El caballero T (que así se hizo llamar) empezó a buscar la letra con un fin esotérico y quiso compartir su paranoia. Conocía a Tres, un chaval algo más joven que admiraba a Peter Hammill pero cuyos interese se centraban en el mundo del diseño. El Caballero T era el idealista. Tres era un esteta. Pero ambos tenían el mismo tipo de fiebre; solo tenían que ponerse de acuerdo en elevar el mercurio y estallar aquel ternómetro.

Experimentaron. El intuitivo Tres simulaba el espíritu histriónico de Peter Hammill. El Caballero T imaginaba paisajes sonoros con el apoyo del Seños Nada, un señor con los pies en la tierra, un fanático de Kraftwerk que construía sintetizadores domésticos. De aquellas sesiones surgieron las cintas de “Dark Fields”. Pero la arrogancia juvenil impidió un final feliz para la aventura de aquellos egos. La ambición de Tres pasaba por remezclar aquellos temas y darles una salida triumfal, minetras que su antagónico ya estaba planeando diferentes menesteres. Su unión fue programada para durar un chispazo y aquel instante ya había sucedido en algún momento de 1979.

Con el proyecto abandonado, entre 1982 y el siguiente año el Caballero T completa una serie de viajes de iniciación. De vuelta de la India, se encuentra con la misma Barcelona. Bueno no. Tres se ha apropiado de las cintas de “Dark Fields” y con las máquinas que maneja el Señor Nada ha hecho realidad el primero de sus deseos: aquel sueño se había convertidoen un vinilo de verdad. El proyecto musical de La T se había inventado y destruido en un suspiro, el Señor Nada le construyó un cuerpo y Tres lo hizo real. En él se comprimía la mística de esta historia contada mediante un paisaje sonoro salpicado de sucesos rítmicos y narraciones histriónicas.

Y la vida sigue. El Caballero T, luego conocido como xguix, se empleó a conciencia en su retorno místico. El Señor Nada, que atiende por Jaume Camp, aún trabaja en su estudio del barrio de Sant Gervasi. Con el tiempo, Tres se haría dueño del silencio con sus blackouts, sus intervenciones silenciosas con los que recorrió medio mundo. Famosos fueron aquellos en los que tomaba un edificio e iba dando órdenes para ir apagando sucesivamente cada dispositivo electrónico del mismo y poder percibir en rangos milimétricos los matices del propio vacío. Hasta llegar a la nada, donde solo queda el sonido del propio cerebro. La conciencia de uno mismo. Y ese infrasonido que advertimos cuando no se escucha absolutamente nada es lo que también recorre amenazante “Dark Fields”, sobre ese abrumador cementerio de Normandia que ilustra la portada y que podría haber justificado por si sola la etiqueta como el darkwave. Y lo contamos como una experiencia que fue tremendamente reveladora para sus autores, un tesoro para las menos de trescientas personas que lo compraron en su día y un regalo para los que nos hemos visto en la oportunidad de reeditar como se merece aquella joya de la electrónica nacional que ha vivido sumergida durante tantos años. Y digo “como se merece” porque toda la aportación gráfica que debió acompañar el sonido de La T no pudo ser reproducida en su primera edición por motivos presupuestarios. La T ahora luce como nunca lo había hecho.

César Estabiel 

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